La historia del descubrimiento de la Antártida es distinta a la historia del descubrimiento de los otros continentes. Es una historia de exploración, de heroísmo, honor y orgullo nacional que quedó reflejada en libros de bitácora y diarios de viaje.
Los héroes antárticos no portaron armas, porque en la Antártida no había nativos que doblegar. Las extremadas condiciones geográficas y climáticas del continente blanco impidieron que se desarrollase la vida humana y se encargaron de mantenerlo aislado hasta finales del s. XVIII.
Acordémonos de que la Antártida es la mayor extensión de hielo y nieve del planeta. Aquí encontramos los mayores glaciares de la Tierra. Glaciares que forman grandes plataformas de hielo que flotan sobre el mar y que bloquean los accesos marítimos, especialmente en los mares de Ross y de Weddell. El continente blanco ve duplicada su área cada invierno, cuando las aguas antárticas se congelan. Además, la Antártida es el continente más frío, el más seco y donde el viento registra las mayores velocidades.
Tampoco se produjeron guerras ni conflictos armados entre quienes pretendieron conquistarla. La única lucha que se llevó a cabo fue contra el poder de la naturaleza, que se obstinaba en detener el paso de los exploradores y que fue la única responsable de las muertes que se registraron.
Así pues, sus únicas armas fueron barcos, aviones, banderas e instrumental científico. Pero, por encima de todo, un insaciable hambre de descubrimiento y gloria.
Lamentablemente, también hubo un trasfondo de intereses económicos que llevó casi hasta la desaparición a focas y ballenas.
Todos estos hechos concluyeron con la firma del “Tratado Antártico” en el 1959, cuyas consideraciones básicas son el mantenimiento de la paz y la cooperación científica internacional.
Historia del descubrimiento de la Antártida – parte I.
Cuando hablamos del descubrimiento de la Antártida no podemos ignorar los cinco siglos de expediciones que le precedieron y que sirvieron para asentar las bases del conocimiento marítimo.
Platón (427 – 347 a.C.), basado en las teorías de Pitágoras sobre la esfericidad de los planetas, ya afirmaba que debía existir continentes no descubiertos en el hemisferio Sur para balancear las tierras conocidas del hemisferio Norte, sin lo cual la tierra se desestabilizaría y terminaría dándose la vuelta.
Aristóteles (384 – 322 a.C.), uno de los estudiantes predilectos de Platón, en su Tratado sobre meteorología dividía el mundo en cinco zonas climáticas simétricas: una faja ecuatorial de climas tórridos, dos fajas aledañas de climas templados, y los dos polos, con climas fríos e inhóspitos y rodeados de hielo, donde los seres humanos no podrían sobrevivir. Aristóteles llamó a estas zonas polares las “Antípodas” (lo opuesto a los pies).
Fue Ptolomeo, astrónomo de Alejandría que vivió en el segundo siglo a.C., quien bautizó a esta presunta masa continental con el nombre de Terra australis incongnita, la “desconocida tierra del sur”.
Ptolomeo, además, afirmaba que no había paso marítimo entre África y Asia. Teoría que derribaron los lusitanos en el s. XV cuando iniciaron la exploración de los mares del sur en búsqueda de las rutas de las especias.
Esto animó a otros navegantes europeos, que creían que era posible llegar a las regiones del Asia oriental navegando hacia el Oeste. Y así fue como Cristóbal Colón, representando a los Reyes Católicos, llegó por error a las costas de América en 1492.
Colón creyó que había llegado al continente asiático y murió sin saber que no había culminado su hazaña. Tomó el relevo Fernando de Magallanes, quien en 1519 zarpó desde Sevilla, rumbo sur.
Magallanes navegó la costa patagónica, hasta el estrecho que llevaría su nombre, alcanzando los 53ºS y descubriendo así el paso entre América y Asia en 1520.
Inspirado por las fogatas de los indígenas en las costas, Magallanes bautizó esta región como “Tierra del Fuego”. Tardó 38 días en recorrer los 532 km del estrecho y a su llegada al océano lo llamó “Pacífico” debido a su aparente tranquilidad.
Siguió su viaje hacia el Oeste, sin saber si Tierra del Fuego era una isla o el extremo de un nuevo continente. En cualquier caso, ya nunca lo sabría porque a su llegada a las Filipinas, en 1522, fue asesinado por unos indígenas.
Fue entonces cuando Sebastián Elcano se vio obligado a tomar el mando de la expedición. Finalmente llegaron a Sevilla y Elcano se convirtió así en el primer navegante que daba una vuelta completa al mundo.
En su segunda expedición Elcano sobrepasa los 55ºS, entre el Cabo de Hornos y la península Antártica.
En la cartografía española de entonces ya se incluye las islas Malvinas y un círculo polar antártico completamente marítimo. Teniendo en cuenta que la tendencia cartográfica de aquel entonces era incluir en los mapas sólo lo efectivamente explorado, es probable que los españoles hubiesen surcado ya esas aguas.
Para fines de 1577, el navegante inglés Francis Drake, a bordo del Pelican, parte desde el puerto de Plymouth hacia los mares del sur.
Tras cruzar el estrecho de Magallanes, la flota de Drake es empujada por un fuerte temporal unas cien millas al sur de Tierra del Fuego, conociendo así, y por accidente, el punto donde se encuentran los océanos Atlántico y Pacífico. Punto que hoy en día recibe el nombre del Pasaje de Drake.
Drake continúa su viaje hacia el Norte, saqueando los establecimientos españoles que iba encontrando por la costa del Pacífico. Finalmente llegó a Inglaterra el 1580, y se convierte así en el segundo navegante en dar la vuelta al mundo.
El ingenuo de Felipe II reclamó a la corona británica la retribución de sus pertenencias y la cabeza de Drake. Sin embargo, la reina Elizabeth responde nombrando a Drake Caballero del Imperio. Y es que los británicos, en aquel momento, estaban más orientados hacia la piratería que hacia las exploraciones.
En 1615 el holandés Le Maire llega hasta el extremo sur de Sudamérica, al que denomina Cabo de Hornos, en honor a una de las naves de la flota, perdida en un temporal, y confirman definitivamente que Tierra del Fuego no poseía continuidad territorial con alguna otra tierra al sur.
Gabriel de Castilla fue el primer hombre en establecer el primer contacto visual verificable con el continente antártico.
El siguiente siglo aportaría el cronómetro, que brindó exactitud a los cálculos longitudinales; la col ácida, que sirvió como defensa ante el escorbuto; y el levantamiento de los secretos sobre los descubrimientos geográficos, pactado entre Francia, España, Gran Bretaña y Portugal. Sin embargo, durante buena parte de este siglo, el escenario marítimo se mudó al Caribe, debido a los intentos británicos de apoderarse de las Antillas y la Florida, y los consiguientes esfuerzos de la armada española para sofocar estos avances.
Entre 1750 y 1770, se inicia la colonización de la Patagonia, y las islas Malvinas comienzan a ser miradas con atención, como puerto de refresco o como punto de partida para las explotaciones pesqueras y foqueras que, a partir de esa fecha, inician su crecimiento.
Por su parte, entre 1738 y 1772, los franceses descubren las islas subantárticas de Bouvet, Crozet y Kerguelen, situadas en el cuadrante africano.
En 1771 James Cook parte desde Inglaterra con dos naves, la Resolution y la Adventure. Llega al Cabo de Buena Esperanza y continúa hacia el sudeste. En enero de 1773 alcanza la marca de navegación más austral hasta entonces, 67º 15´ S, y se convierte en el primer hombre en cruzar el Círculo Polar Antártico. Si bien las costas antárticas le fueron esquivas, Cook manifestó su certeza de la existencia de tierras más meridionales, desde donde fluían los témpano que le impedían su paso hacia el Sur. También observó que estas tierras se hallarían sólo a partir de latitudes poco compatibles con la existencia de vida.
En enero de 1775 llegaba a las islas que bautizaría Georgias del Sur. Islas que en 1756 el piloto español Gregorio Jerez, al mando de la nave León, llamó San Pedro y que registró en su carta naútica. Pese al descubrimiento español, la denominación de Cook prevalece hasta hoy.
Cook descubriría también el archipiélago de las islas Sandwich del Sur. Así, a finales del siglo XVIII todas las islas subantárticas del Índico y el Atlántico estaban ya descubiertas y cartografiadas.
Para finales del s. XVIII los foqueros, principalmente estadounidenses, habían expoliado las reservas fueguinas de focas peleteras, y ya para 1803 la actividad de los foqueros británicos había diezmado la población de lobos marinos de las islas Gerogias del Sur. Las pieles eran comercializadas con muy buenos dividendos en los mercados de China y Europa. Para peor, la guerra de 1812 entre Gran bretaña y Estados Unidos (respuesta inglesa ante la ruptura norteamericana del bloqueo comercial impuesto a Napoleón por el resto de Europa) disparó el precio de las pieles de focas en Europa. Ante esas circunstancias, por una cuestión logística, los foqueros instalados en Buenos Aires decidieron procurar más al sur. Por lo tanto, resulta más que probable que estos foqueros hayan descubierto las primeras tierras antárticas, pero todos ellos, con lógica cautela, guardaron el secreto de la ubicación geográfica de sus sitios de captura.
Entre 1819 y 1821 se desarrollaron tres temporadas de una devastadora cacería de focas subantárticas y antárticas. Los barcos presentes en las regiones aledañas a las islas Shetland del Sur se contaban de a decenas (entre 40 y 80 barcos).




